Aniversario del hundimiento del ARA General Belgrano

El 2 de mayo de 1982 un submarino británico lo hundió con dos impactos de torpedo. Murieron 323 tripulantes. A 39 años, los testimonios de un sobreviviente, de un ex conscripto que participó del rescate, y de un padre cuyo hijo nunca regresó.

Cuando el primer torpedo le pegó al Belgrano, Felipe Martiarena estaba durmiendo en su litera. Con la amenaza latente de un ataque inglés desde el día anterior, había hecho guardia desde las 6 de la mañana hasta el mediodía, almorzó de apuro y se fue a dormir. Todo sucedió en segundos: mientras salía para cubierta con lo puesto para el abandono -su dormitorio estaba tres cubiertas abajo- impactó el segundo torpedo, que destrozó 15 metros de proa.

“Todo estaba a oscuras, no había órdenes, nada. Eran gritos y oscuridad. No podías circular bien, chocabas con otros. Logré salir a cubierta. Vi a una persona roja, quemada por el petróleo, la tapamos con mantas, había varios con lesiones. Donde yo tenía que abandonar la balsa estaba pinchada, agarramos otra. La mía era la 19, fui el último que subió”, recuerda Martiarena, conscripto de la clase 63, a 39 años del hundimiento del Crucero General Belgrano, el 2 de mayo de 1982, el episodio más dramático de la guerra de Malvinas.

No todos, como él, tuvieron la suerte de poder salir del buque para iniciar la odisea de los náufragos en sus balsas, más de 30 horas de frío extremo al capricho de las olas de un mar helado en el Atlántico Sur.

Carlos Ignacio Figueroa, conscripto de la clase 62, fue uno de los 323 tripulantes del Belgrano -de una dotación de 1.093 hombres- que nunca regresó. También estaba en la zona de dormitorios, según le contaron a su papá muchos años después durante un homenaje en el mar. “Durante un viaje hace unos 12 años, el último que se hizo en el ARA Hércules al lugar del hundimiento, apareció un hombre y me dijo: ‘Quería conocerlo, hace mucho frenaba delante de su casa, pero nunca me anime a golpearle la puerta y decirle’. Ignacio estuvo de vigía hasta las 13, y a las 16 murió en el dormitorio o en las proximidades. Yo pienso que está en el fondo del mar todavía”, relata Carlos Jesús María Figueroa, hoy de 85 años.

Felipe Martiarena, conscripto jujeño, sobreviviente del Crucero general Belgrano. La foto fue tomada diez días después del rescate, en mayo de 1982.

Felipe Martiarena, conscripto jujeño, sobreviviente del Crucero general Belgrano. La foto fue tomada diez días después del rescate, en mayo de 1982.


Adolfo “Fito” Schweighofer, santafesino y soldado clase 62, estaba destinado en el destructor ARA “Piedrabuena”, que junto con el ARA “Bouchard” eran escoltas del Belgrano. “El 1° de mayo navegábamos en la zona de exclusión, estábamos por entrar en combate y nos dan la orden de volver a Puerto Belgrano. Ponemos proa a la isla de los Estados y ya el submarino nos estaba siguiendo. El día 2, a las cuatro de la tarde suena la alarma de combate, había una incertidumbre tremenda. El buque a toda velocidad empezó a navegar en zig zag, evasivo. Se llamó al Belgrano, que no respondía. A las cinco y media ya era de noche. Nuestro buque iba en sigilo, luces apagadas, sin emitir. Fue una noche tremenda y un mal tiempo atroz. Había comentarios pero ninguna certeza”, recuerda Fito, un veterano que hasta el año pasado fue presidente de la Comisión Nacional de Excombatientes de Malvinas.

El veterano de guerra Felipe Martiarena, sobreviviente del crucero General Belgrano, con su familia en 2020 en Palpalá, Jujuy, donde reside.

El veterano de guerra Felipe Martiarena, sobreviviente del crucero General Belgrano, con su familia en 2020 en Palpalá, Jujuy, donde reside.

Tres torpedos, cientos de víctimas

“Hundan al Belgrano!”, la instrucción la dio desde Londres la primera ministra Margaret Thatcher. El comandante del HSM Conqueror, Chris Wreford Brow, dio la orden de fuego. Fueron tres torpedos, aunque el último erró el blanco. Sólo con los impactos murieron 272 tripulantes del crucero, un buque que había salido ileso de Pearl Harbour y servido en la II Guerra Mundial, y que había sido comprado a la marina norteamericana en 1951

Adolfo Schweighofer, conscripto clase 62, veterano de Malvinas. Participó desde el ARA Piedrabuena del rescate de los sobrevivientes del Crucero general Belgrano.

Adolfo Schweighofer, conscripto clase 62, veterano de Malvinas. Participó desde el ARA Piedrabuena del rescate de los sobrevivientes del Crucero general Belgrano.


El Belgrano no había participado con la flota de mar en la recuperación de Malvinas, el 2 de abril,  porque estaba con reparaciones anuales en Puerto Belgrano, de donde partiría catorce días después hacia la zona del conflicto. Su primera misión era vigilar, pero luego se le ordenó atacar a la flota británica.

Aquel fatídico 2 de mayo le ordenaron regresar con sus escoltas, pero ya estaba en la mira del Conqueror. Los británicos lo torpedearon fuera del área de exclusión que ellos mismos habían establecido en torno a Malvinas. Para muchos fue un “crimen de guerra”, aunque esa no fue la posición histórica de la Armada, que lo consideró una acción de guerra. Con la decisión de hundir al Belgrano, Thatcher dinamitó toda posibilidad de acuerdo diplomático, que en Buenos Aires había buscado infructuosamente el secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig.

Adolfo Schweighofer, veterano de Malvinas, en 2020. Conduce el programa Soberanía Nacional, por la emisora santafesina LT9.

Adolfo Schweighofer, veterano de Malvinas, en 2020. Conduce el programa Soberanía Nacional, por la emisora santafesina LT9.


El intento de recuperación de las islas era una aventura militar de la dictadura que gobernaba el país, en su afán por ganar el favor popular y perpetuarse. Con el presidente Leopoldo Fortunato Galtieri –«el general majestuoso” «el niño mimado de los norteamericanos”, según él mismo le contaría que lo llamaban al periodista Juan Bautista Yofre en una entrevista con el diario Clarín en 1983-, como cabeza de las Fuerzas Armadas. Las mismas que habían aplicado el terrorismo de Estado para abatir a la guerrilla insurreccional y llevado la guerra sucia y sus métodos a América Central. La temeraria excursión bélica tenía su canal de negociación, y desde el 2 de abril se había explorado desesperadamente a nivel diplomático -en paralelo con la retórica guerrerista- un acuerdo en la OEA y en Naciones Unidas. Pero, rápida, Thatcher hundió al General Belgrano: respondía a su frente interno, y a los modos del viejo león imperial en sus colonias: supremacía militar, bomba y garrote.

Al impacto de los torpedos le siguió el drama.

Ignacio Figueroa, conscripto, fallecido en el ataque al Crucero General Belgrano, en 1982. Tenía 20 años.

Ignacio Figueroa, conscripto, fallecido en el ataque al Crucero General Belgrano, en 1982. Tenía 20 años.


“Con la inclinación de un grado por minuto, sobrevino un silencio total, el cese de todo tipo de fuerza excepto la humana. Había varios incendios, chorros de vapor y petróleo caliente, inundaciones... y una onda explosiva que atravesó todas las cubiertas dejando la destrucción de hombres y máquinas. Fue en esos momentos en que se vivieron los hechos más maravillosos y heroicos, en que se prestó ayuda sin importar la edad, el grado o el cargo, y en el extremo de dar hasta la propia vida”, relató el comandante del Belgrano, capitán Héctor Bonzo, quien dio testimonio por años hasta su fallecimiento, en 2009.

A los 20 minutos del impacto de los torpedos, y viendo que la situación era irreversible, Bonzo dio la voz de abandono, “cuando estaba cercana la vuelta campana del crucero, los tripulantes se arrojaron al mar y ocuparon las balsas que los esperaban en medio del temporal, el frío y la tiniebla”. A las cinco de la tarde el buque se hundiría definitivamente “y nadie fuera de las balsas quedó con vida”.

Postal de familia. Los Figueroa, hacia 1982, antes de la guerra: Leonor y Carlos, con sus hijos Graciela e Ignacio, fallecido en el ataque al Crucero general Belgrano.

Postal de familia. Los Figueroa, hacia 1982, antes de la guerra: Leonor y Carlos, con sus hijos Graciela e Ignacio, fallecido en el ataque al Crucero general Belgrano.


“Alejarse del buque era muy difícil, nos succionaba. Yo estaba al final de la balsa, teníamos que remar con las manos. Por suerte una ola nos tiró lejos. A la balsa había que inflarla cada hora porque estaba pinchada una válvula. Se hizo de noche, teníamos orden de no comer, no sabíamos cuánto íbamos a estar. A las 32 horas, el 3 de mayo, nos rescató el aviso ‘Gurruchaga’. A algunos los tuvieron que alzar porque no se podían mover del congelamiento, y un buzo nos ayudaba a subir por las redes”, rememora Martiarena desde Palpalá, Jujuy, donde vive actualmente con su familia.

Las balsas fueron avistadas ese 3 de mayo por un avión Neptune 2-P-111 de la Aviación Naval, al borde de quedarse sin combustible. Su tripulación de 10 miembros, encabezada por el comandante capitán de corbeta Julio Perez Roca, fue reconocida por el Congreso de la Nación con la medalla al Valor en Combate.

Carlos Jesus Figueroa, padre de Ignacio, uno de los 323 muertos del Belgrano. Aquí en la Navidad de 2020 con su hija Graciela, nietos y bisnieto.

Carlos Jesus Figueroa, padre de Ignacio, uno de los 323 muertos del Belgrano. Aquí en la Navidad de 2020 con su hija Graciela, nietos y bisnieto.


En el rescate, aun temiendo otro ataque inglés, participaron el Piedrabuena, el Bouchard, el aviso Gurruchaga, el transporte Bahía Paraíso y el buque polar Piloto Pardo, con apoyo de medios aéreos. Rescataron 770 sobrevivientes, y los cuerpos de muchos fallecidos, algunos en las mismas balsas. “Nos encontró el Neptune, y tres horas después vimos los mástiles de los buques… Un salvamento que fue sin duda el más difícil y exitoso de la historia de la navegación mundial, por las condiciones en que se debió realizar”, dejó testimonio el capitán Bonzo.

“Todos en cubierta teníamos la tarea de mirar para encontrar las balsas. La primera que hallamos fue muy deprimente porque estaba vacía. En la segunda sacó el brazo un sobreviviente, y vimos que estaba la gente, viva”, recuerda Fito Schweighofer. “Se paró el buque, por miedo a chuparla. Los nadadores de rescate se tiraron al agua para ayudarlos”. Ahí, en medio del mar, Schweighofer se encontró con un sobreviviente al que conocía. Como hicieron también otros, le cedió su cucheta. Tuvieron que ayudarlo a desvestirse, estaba tan helado que le costaba subir a la litera, tercera en altura. «‘Fito, conseguime un salvavidas de corcho porque estos amarillos de avión no sirven”, me decía.

Para los familiares de los muertos, y sobre todo de los desaparecidos, el dolor más profundo, tanto como los 4 mil metros bajo la superficie donde descansa el Belgrano, recién empezaba.

Ignacio Figueroa había tenido oportunidad de permutar su destino con un chico de la Escuela de Mecánica de la Armada y permanecer en Buenos Aires. “Yo le dije quedate en el Crucero, que es seguro. Tenía miedo que un día quedara de centinela y un guerrillero le pegara un tiro. Se quedó en el Crucero para siempre”, recuerda su padre.

Rescate de una balsa con tripulantes del General Belgrano. Foto: Asociación extripulantes Destructor ARA Piedrabuena.

Rescate de una balsa con tripulantes del General Belgrano. Foto: Asociación extripulantes Destructor ARA Piedrabuena.


“Cuando hundieron al Crucero me enteré por un cliente de mi negocio (un autoservicio), que me avisó. Acá decían le pegaron, pero viene navegando a Puerto Belgrano. Pero yo escuchaba radio Carve, de Uruguay, donde ya decían que estaba hundido.

“La fuerza se portó muy mal. Ibamos todas las noches al edificio de la Armada, donde ya sabían todo, pero nos mentían. Estuvimos días engañados y no fuimos más. Buscamos a Ignacio en el sur… Llegó la noticia de que había un Figueroa en el hospital, en la Capital. Fuimos, pero era un Figueroa salteño clase 63, que se había salvado. Había muchas versiones: que Ignacio estaba en Rusia porque lo había levantado de la balsa un pesquero; otra, que estaba en un manicomio. Sus compañeros tenían prohibido hablar. Figuraba desaparecido, recién años después salió la ley que los dio por muertos».

Antes del servicio militar, Ignacio había terminado el secundario comercial en la escuela Juana Manso, de San Miguel. Su plan era estudiar Ciencias Económicas, y ya trabajaba con su papá en el autoservicio familiar, en José C. Paz. “Me llevaba los libros”, recuerda Figueroa, que antes había sido tejedor, y durante más de veinte años empleado del ferrocarril.

“En los años que siguieron me junté con muchachos que habían estado mal, quemados, pero se salvaron. Pude hablar con el capitán Bonzo varias veces por teléfono, era muy amable, muy correcto. También el capitán Pedro Galassi (ex segundo comandante) con quien viajamos a Buenos Aires».

“Cuando falleció mi hijo perdimos el rumbo, mi señora se derrumbó. La búsqueda siguió varios años. Yo me puse un límite y me dije: está abajo, en el océano. Pero mi mujer no pudo. Siempre tenés la esperanza de volver a verlo. El pueblo no vivió la guerra: trajeron a los muchachos a escondidas, y en el Mundial de Fútbol de 1982 la gente tocaba bocina en la puerta de mi negocio. La familia se quebró”. Vendió el negocio en 1983 “a plazos, con la última cuota en australes me pagué un atado de Jockey Club”, y se fueron a Entre Ríos, de donde “don Figueroa” es oriundo.

Balsa con sobrevivientes del Crucero General Belgrano. Foto: Asociación extripulantes Destructor ARA Piedrabuena.

Balsa con sobrevivientes del Crucero General Belgrano. Foto: Asociación extripulantes Destructor ARA Piedrabuena.

Regreso a casa

Felipe Martiarena nació en Cangrejo, a 40 kilómetros de Abra Pampa, en Jujuy. Uno de siete hermanos. Si aún hoy puede imaginarse que Cangrejo es un lugar alejado, mucho más hace casi 40 años. Su mamá no supo hasta tiempo después, que Felipe había estado embarcado en el Belgrano. Como el chico protagonista de la película La deuda interna, del director Miguel Pereira (1988), Felipe no conocía el mar cuando le tocó la conscripción en «la Marina”. Doce jujeños murieron en el Belgrano, doce sobrevivieron. Y él fue uno de ellos.

El ARA Piedrabuena que participó del rescate de los tripulantes del Belgrano. Foto: Asociación extripulantes Destructor ARA Piedrabuena

El ARA Piedrabuena que participó del rescate de los tripulantes del Belgrano. Foto: Asociación extripulantes Destructor ARA Piedrabuena


“El Crucero es [habla en tiempo presente] muy grande. Al Venir del campo, de Jujuy, no llegué a conocer la cuarta parte, creo. Estábamos acostumbrados a sufrir, somos gente de campo, pero el adiestramiento igual era pesadito, íbamos a la guerra y había que prepararse. El 11 de abril cumplí los 19 años a bordo”.

Hoy suena inexplicable, pero tras el hundimiento y la supervivencia, el conscripto Martiarena fue destinado a Azul, a la infantería de Marina. Recién diez meses después pudo volver a Jujuy.

“Llegué a San salvador, cada uno fue a su casa, y yo tenía que ir a La Quiaca y no tenía boleto ni dinero. Tengo que llegar a Cangrejo, le dije a un compañero que me encontré. Vení, ¡vamos a la radio!, me dijo. Salimos por la radio, contamos, que yo había estado en el Belgrano. Al momento llamó el capitán que estaba a cargo del Regimiento 20 del Ejército: que venga ya a la Terminal lo espero y le saco su boleto.

“Bajé en Abra Pampa, no hay nada ahí, no existía colectivo ni remís. Era caminar 30 kilómetros al este a Cangrejo, donde estaba mi mamá. Hay una escuelita, y estaban justo izando la Bandera. Yo iba vestido de marinero, me acerqué a la escuela y hablé. Las maestras enseguida me llevaron. Eso fue así hasta el otro día, que todo cambió… apareció la policía en el campo, me llevaron a La Quiaca, hubo un acto y me dieron un diploma.

Malvinas, en el corazón

Adolfo Fito Schweighofer es un “malvinero” histórico. Este cronista lo conoció hace quizás unos veinte años, cubriendo un homenaje al Belgrano y sus caídos en alta mar, o quizás antes. Schweighofer presidió la Comisión Nacional de Ex Combatientes por la región Litoral hasta el año pasado, y hoy es asesor, elegido por los veteranos, en el Consejo Nacional de Políticas de Malvinas, de la Cancillería. “Todos cargos ad honorem”, aclara. Y reflexiona, siempre con entusiasmo: “Quedan huecos, vacíos, frustraciones, a la distancia. Lo volvería a hacer, a pesar de todo, y todos decimos lo mismo. Fue algo espontáneo en nosotros, haber estado al servicio de la Patria”. Desde hace casi 20 años, Fito, fanático “tatengue” de Unión, conduce “Soberanía nacional” en LT9 de Santa Fe, cada domingo a las diez de la noche, en una cita con Malvinas y la memoria.

Felipe Martiarena, jujeño, vive en Palpalá. Hace tres años se jubiló del municipio y hace changas en su oficio, carpintero. Con Esther María, su esposa, tuvieron 5 hijos: Livia Judith, Sergio Dante, Misael Felipe, Ismael Iván y María Luz de los Angeles. Una particularidad de los dos mayores: Livia es monja, y hoy está en Irlanda, y Sergio es sacerdote, con misión en Egipto. “Falta atención en salud, hoy pedís un turno y estás tres meses esperando. Tengo calambres de noche, dolores de garganta –lo atribuye a lo sufrido en aquel tiempo-nos merecemos más atención médica”. Sin embargo, destaca: “Antes no podíamos hablar. Y todavía hay gente que no puede hablar. Pero muchos nos fuimos soltando y hoy día estamos mejor”.

Carlos Figueroa vive en Paraná. En la pandemia está satisfecho de que a sus 85 ya se pudo dar la primera dosis de la vacuna contra el Covid. Su esposa, la mamá de Ignacio, Leonor Petrona, falleció hace  12 años de un infarto masivo, el día que se derrumbó para siempre. “Cada 2 de abril, cada 2 de mayo, mi mujer se desmayaba”, cuenta. Con Figueroa están hoy su hija Graciela, que es docente, sus tres nietos y un bisnieto. “¿Un recuerdo? Ignacio era un chico bien de su edad, trabajador, buen compañero para salir de vacaciones. A veces me lo imagino hasta con una familia. Yo le hago frente a todo. La cosa fue seguir adelante, no parar, nunca”.

Fuente: Clarín

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