Consultorio Médico: Estrés, el enemigo tóxico que podemos controlar

El estrés emocional, es uno de los componentes más frecuentes que forman parte de las dermatosis, (como son llamadas las enfermedades de la piel). Para citar algunos ejemplos, podemos mencionar el vitíligo, la psoriasis, el eczema, la caída del cabello, el acné, la rosácea, el prurito psicógeno y las afecciones herpéticas entre muchísimas otras patologías. Además, el estrés se relaciona a un aumento de la cantidad de radicales libres, por lo que acelera el envejecimiento cutáneo, caracterizado por el aparecimiento precoz de arrugas, flacidez y canas.

Sin embargo, a pesar de que es la piel es lo primero que se observa para determinar el aspecto de una persona, calculando su edad y nivel de salud, también es notorio su estado cognitivo. El estrés también envejece el sistema nervioso, evidenciado por pensamientos lentos, dificultades de expresión, trastornos del sueño, temblores, alteraciones en la capacidad de atención y aprendizaje. Los problemas de déficit de atención están frecuentemente relacionados al estrés. En muchos casos se presentan problemas de equilibrio, mareos y en otros más avanzados se puede llegar a las demencias. Las expresiones del rostro de personas estresadas, tampoco suelen pasar desapercibidas.

Otro impacto de este flagelo sobre la salud, se produce sobre el sistema inmunológico, donde juega un papel fundamental como uno de los elementos que más debilitan a nuestras defensas, hecho no menor, justo ahora que estamos amenazados por la pandemia de Covid 19, cuando más que nunca necesitamos tranquilidad y calma para conservar la inmunidad en condiciones adecuadas.
El estrés también provoca alteraciones digestivas como gastritis, úlceras, dispepsias, diarreas o constipaciones, como también alteraciones de la flora intestinal, que es modulada por el estado emocional, el ambiente y la dieta.

A nivel muscular, el estrés provoca contracturas, bruxismo y espasmos relacionados a la tensión constante.

En el aparato cardiovascular se pueden sufrir cambios a nivel de la presión arterial, (generalmente hipertensión) y de la frecuencia cardíaca (por lo general taquicardia).

Es habitual que la respiración de la persona estresada sea superficial y con su frecuencia aumentada, lo que se conoce como taquipnea, pero también en muchos casos la persona estresada contiene la respiración, lo que aumenta la cantidad de gas carbónico en la sangre, que es un factor crucial para generar acidosis. El estrés nos vuelve “acidos”

Es habitual, después de episodios estresantes sentirse cansados y con fatiga crónica, donde se manifiesta la baja energía alterando la calidad de vida y la productividad, hecho que desemboca en una sensación de insatisfacción con posterior infelicidad, que a la larga conduce a la depresión y a las enfermedades crónicas, que son un terreno propicio para el cáncer.

En muchos casos la primera respuesta a esa baja energía, es el deseo de consumir dulces para la obtención de glucosa, que es el combustible rápido para generar una sensación pasajera de recuperación de la fuerza y el ánimo, pero se trata de un componente energético de breve duración por causa de su rápido consumo, hecho que nos conduce a sentir mayores deseos de consumir dulces o carbohidratos simples, en un período breve de tiempo, generando un círculo vicioso que conlleva al aumento de peso, con mayor riesgo de desenvolver una diabetes tipo ll.

Permanentemente el cerebro activa sus respuestas al entorno, de una manera automática mediante el sistema nervioso autónomo, que a su vez cuenta con dos “modos” de uso.

  • El modo alarma, que es utilizado para luchar o escapar, conocido en medicina como sistema nervioso simpático. Es el “modo” que se impone cuando estamos estresados, sirviendo como mecanismo de utilidad para los estados de alerta, o también para cuando se requieren tareas de fuerza, velocidad o máxima atención. Pero sucede que no estamos programados genéticamente para estar funcionando de ese “modo” la mayor parte del tiempo, sino apenas durante pequeños intervalos necesarios, ya que ese sistema en exceso, nos provoca los desequilibrios descriptos anteriormente en los síntomas de estrés. En síntesis, el “modo alarma” es muy útil en cortos períodos, y dañino cuando está “ëncendido” de manera permanente.
  • Por otra parte, la otra forma de funcionamiento del sistema nervioso autónomo, es en modo relajado, controlado por el sistema nervioso parasimpático, que tiene la función contraria al anterior, ya que cuando está activado, nos permite dormir, alimentarnos, hacer la digestión, relajarnos, pensar en el amor y en actividades sociales y placenteras.

El sistema nervioso autónomo, no puede funcionar en ambos “modos” al mismo tiempo, ya que cuando se activa un lado, se desactiva el otro, y cada “modo” funciona con neurotransmisores distintos y opuestos en sus acciones.

Para ejemplificar, podemos decir que cuando se activa el sistema nervioso simpático, no vamos a poder dormir, ya que los neurotransmisores informan que estamos en peligro, sin importar la causa. Para nuestros ancestros de la prehistoria, ese estado de alarma ayudó a mantener la especie humana cuando debía pelear, cazar o escapar de un predador, matar o morir, pero una vez pasado el mal rato, todo volvía a la calma cambiando el funcionamiento del sistema nervioso hacia el modo relajado. En la actualidad, con la complejidad de las relaciones humanas y la vida moderna, el sistema nervioso autónomo no puede distinguir si el peligro es real para la vida, o simplemente nos estresamos por una cuestión económica, laboral, en la relación de pareja, o por las redes sociales, ya que la química generada por los neurotransmisores es la misma sin distinción de causa, siendo que dormir, es interpretado por el sistema nervioso como algo errado, ya que dejaría al individuo indefenso frente un predador imaginario. El sistema nervioso autónomo en modo alarma nos ordena,”ahora no es momento de dormir, porque es peligroso”, liberando la química necesaria para mantenernos despiertos. Allí es que entran en juego los remedios tranquilizantes o hipnóticos, que son consumidos masivamente a nivel mundial, para contrarrestar la “pandemia del estrés y del insomnio.” Ocurre que esa no es una solución sustentable a largo plazo, por causa de los efectos colaterales que dichos medicamentos tienen sobre el resto de la salud.

Pero en realidad, deseo hacer hincapié sobre medidas simples, como para controlar ese estrés crónico y tóxico, que no sólo afecta al sueño, sino a tantas cuestiones de salud como las que nombramos al comienzo de la nota, que tienen el poder potencial de arruinar la vida para siempre.

En primer lugar, nosotros somos los dueños de la forma en que queremos respirar. Si lo hacemos de una manera consciente, podemos entender que oxigenar los pulmones depende de inspiraciones más profundas, más pausadas, utilizando las bases pulmonares que habitualmente permanecen ociosas. Para ello tenemos que hacer respiraciones diafragmáticas, que son aquellas que distienden el abdomen en el momento de inspirar, y nos relajan en el momento de espirar. Esa medida que parece tan simple, es suficiente para estimular la liberación de neurotransmisores del sistema parasimpático, que nos libera de aquellos mecanismos de alarma que están encendidos sin necesidad.

Por otro lado, podemos prestar más atención a los músculos faciales que comandan nuestros gestos, evitando las expresiones fruncidas de los estados de disgustos. De esa manera, le comunicamos al cerebro que todo está bien, con lo que deja de segregar las sustancias que nos colocan sobre tensión.

La risa es gratis, y según una tradicional revista de variedades “es el mejor remedio” ya que relaja la musculatura y libera endorfinas, que son neuroquímicos del bienestar. La risa es usada hoy en día por muchas empresas, con la finalidad de mejorar la productividad y la creatividad de los empleados.

El tono muscular es otro de los factores que no debemos dejar abandonados a su propia suerte. En cualquier momento del día podemos prestar atención a ese aspecto, (príncipalmente cuando apremian las situaciones estresantes), colocando nuestra atención a las contracciones de los músculos del cuello y los hombros, ya que tenemos capacidad voluntaria para aflojarlos con movimientos circulares que consigan “destrabarlos” de dicha tensión excesiva. Combinados con un tipo específico de respiración, son la base de muchas técnicas milenarias de meditación.

La manera de comer y beber, tiene un enorme impacto sobre la tensión y el equilibrio del sistema nervioso, ya que si nos alimentamos apurados, estamos de alguna manera dando una información de peligro al cerebro, que podría interpretarlo como que hay un predador en las proximidades, o alguien que podría interferir con la alimentación compitiendo por esos mismos nutrientes. Como mencioné anteriormente, los genes ancestrales prehistóricos están más presentes en nuestras vidas de lo que somos capaces de imaginar. Beber rápidamente, puede tener el mismo efecto. Por eso los antiguos sabios solían decir, los líquidos hay que masticarlos y los sólidos hay que beberlos, para resaltar lo que la masticación consciente y la bebida de a “traguitos” puede influenciar sobre la salud de una persona, afectando además los mecanismos de saciedad, ya que el que se alimenta apurado, habitualmente come mucho más de lo que necesita y generando “alarmas” indeseables.

Por otro lado hay alimentos y bebidas que ayudan a relajar, como las verduras y frutas frescas de estación, que aportan minerales, vitaminas, oligoelementos y antioxidantes que necesita el sistema nervioso para inducir la relajación. La correcta hidratación con agua de buena calidad, mejora el humor, ejerciendo un efecto protector contra el estrés. Muy por el contrario, las bebidas y los alimentos industrializados, ricos en carbohidratos simples y grasas saturadas, (típicos ingredientes de la comida chatarra), estimulan el lado alarmista del sistema nervioso autónomo. Por lo tanto, a la hora de elegir lo que vamos a comer y beber, estamos también eligiendo en qué “modo” queremos mantener a nuestro sistema nervioso.

Siempre que sea posible, debemos fijar sin excusas, un horario para la práctica de actividad física, ni que sean 10 minutos en 1 metro cuadrado, ya que si se quiere se puede. Genéticamente los seres humanos no estamos preparados para mantenernos en el sedentarismo permanente, ya que ese detalle nos provoca cambios metabólicos que actúan sobre la elección de qué “modo nervioso” elegimos estar. Los movimientos musculares consumen el combustible que mantienen el estrés. La escasa o nula actividad física, acumula las substancias químicas que nos colocan en el estado excitado.

Escuchar una música que nos agrada, es muy diferente a oír un torno o un taladro eléctrico, por lo que el sentido de la audición, puede colaborar muchísimo a colocarnos en modo parasimpático. Elegir la música o prestar atención a los sonidos de la naturaleza, o simplemente el silencio, puede ser un peldaño más a favor del intento de limitar el estrés.

No es lo mismo tener una ventana con vista al mar, que frente a un hospital o una avenida caótica, donde a cada rato presenciamos escenas dramáticas, accidentes y embotellamientos del tránsito. No siempre podemos elegir aquello que podemos ver, pero en algunos casos tenemos la opción de cambiar un cuadro, una foto, un elemento decorativo que nos recuerda un buen momento. También más que nunca podemos elegir una película que nos haga reír, y no aquella que tenga el tema central en un escenario de pandemia como para dar un ejemplo. Lo que miramos y escuchamos influye muchísimo para predisponer y activar uno u otro modo de funcionamiento automático del sistema nervioso.

Estar con las personas que queremos, es muy diferente a permanecer cerca de personas tóxicas que sólo hablan de problemas. Tampoco todas las personas pueden optar en este ítem, pero son varias las opciones anteriores de las que sí podemos alcanzar a nuestro favor, como para que el estrés, no llegue niveles tóxicos que pongan en peligro al sistema inmunológico, al sistema nervioso o al aspecto de su piel.

Comencé la nota hablando de dermatología porque esa es mi especialidad, pero a lo largo de más de 36 tantos años de ejercicio profesional, me fui dando cuenta de la importancia de integrar a la medicina en un contexto amplio.

Estas simples formas de modular el sistema nervioso autónomo, sabiéndolas practicar con insistencia desde ahora mismo, pueden hacer una gran diferencia en la calidad de vida. Es importante también recordar, que todo conocimiento que no es usado, tiene el mismo efecto que el desconocimiento.

*Artículo escrito por el Dr Carlos Levigne (Médico) Universidad de Buenos Aires.

Especializado en Dermatología en el Hospital Rivadavia de CABA.

Radicado hace 32 años en la Triple Frontera.

Médico del Sanatorio Le Blanc de Ciudad del Este y de la Unimed Alto Paraná.

 

 

 

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